Punto Crítico – Oficio político o espectáculo
Punto Crítico - Oficio político o espectáculo

Mientras la ciudadanía exige gobernantes serios, responsables y conscientes del momento político que atraviesa el país, hay conductas desde el poder que resultan no solo impropias, sino francamente dañinas. No por ilegales, sino por lo que revelan: una incomprensión profunda del significado de la investidura constitucional.
El caso de la senadora Julieta Ramírez es paradigmático. Sus transmisiones en vivo desde Estados Unidos, acompañadas de una actitud provocadora, ligera y deliberadamente exhibicionista, no pueden leerse como simples expresiones personales. Quien ocupa un escaño en el Senado no actúa en condición privada: representa a la República, a una Cámara del Congreso y a un electorado que depositó en ella algo más que simpatía o presencia digital.
Aquí conviene recordar una verdad elemental del constitucionalismo: la representación no se agota en el voto ni se suspende fuera del territorio nacional. El deber de decoro, prudencia y sentido institucional acompaña al cargo en todo momento. Cuando una senadora convierte su función en espectáculo, no desafía al adversario; devalúa la función pública y trivializa el poder que le fue conferido.
El contexto vuelve el episodio aún más problemático. Dentro de MORENA hay figuras a las que sí les ha sido retirada la visa estadounidense, no como anécdota, sino como señal política con consecuencias reales. Frente a ello, la exhibición festiva del cruce fronterizo no solo carece de empatía interna, sino que rompe cualquier narrativa de coherencia. En lugar de fortaleza política, proyecta frivolidad; en lugar de disciplina, improvisación.
Es posible que algunos lean este comportamiento como un activo en clave interna, incluso como un supuesto posicionamiento frente a eventuales disputas rumbo a una gubernatura. Pero, la realidad es más cruda: lejos de fortalecerla, ridiculiza a quienes participan de esa lógica, incluida la propia senadora. La provocación no construye liderazgo; lo degrada.
Mientras la ciudadanía espera gobernantes serios, esta conducta valida con hechos los argumentos de la oposición. Les entrega una narrativa que no ganaron en el debate público: la de un movimiento donde el espectáculo sustituye al oficio y la visibilidad reemplaza a la responsabilidad.
Cómo hacen falta los políticos de viejo cuño, los que tenían oficio político. Aquellos que entendían que la forma es parte del fondo, que la investidura pesa más que el aplauso inmediato y que no todo lo legal es políticamente admisible cuando se erosiona la dignidad del cargo.
La política no es un live y el poder no es una escenografía personal. Cuando el cargo se vuelve espectáculo, la República paga el precio y en política, ese precio no es abstracto: se cobra en legitimidad y más temprano que tarde en las urnas.
Esta columna no refleja la opinión de Plural.Mx, sino que corresponde al punto de vista y libre expresión del autor

