15 de mayo de 2026
WhatsApp Image 2026-05-14 at 9.46.22 PM

Punto Crítico – El oficio que el país finge celebrar: la docencia

Así celebra México a su magisterio: con un día libre, un reconocimiento y trescientos sesenta y cuatro días de olvido. Conmemorar un día al año a quienes enseñan, mientras los otros los dejamos solos,
Luis David Sandin Torres

Un maestro o una maestra en México gana, en promedio, alrededor de dieciséis mil pesos al mes. Con eso debe pagar renta, alimentar a su familia, vestir a sus hijos, llegar puntual al aula con la camisa limpia, la mirada despierta y seguir siendo, para su alumnado, la figura de autoridad que su propia vida le niega. Hoy, viernes quince de mayo, le darán el día y un reconocimiento simbólico. El lunes volverá a un aula que nadie mira.

Así celebra México a su magisterio: con un día libre, un reconocimiento y trescientos sesenta y cuatro días de olvido. Conmemorar un día al año a quienes enseñan, mientras los otros los dejamos solos, no es una incongruencia: es una coartada. Permite saldar, con un gesto, una deuda que es estructural, material y moral. La trampa de la efeméride es perfecta: quien la critica parece desagradecido y quien la celebra queda en paz consigo mismo. Mientras tanto, en el aula, no cambia nada.

Quien crea que exagero, que pase una semana en cualquier plantel público del país. Verá a la maestra que llega a las siete y media y se va pasadas las cinco porque la dirección le pidió “evidencias fotográficas” del proyecto transversal. Verá al profesor que tiene veinte horas a la semana en un plantel y otras veinte en otro —porque con una sola plaza nadie sobrevive— y que cruza la ciudad entre clase y clase para llegar al segundo turno con el pulso acelerado y la voz cansada. Verá a la docente que recibe, en una misma semana, quejas personales ajenas al aula, reclamos por decisiones que nunca tomó y acusaciones abiertamente falsas; y que, mientras intenta responder a todas con paciencia profesional, descubre que en un grupo de Facebook circula una versión más cruda de la misma historia, con su nombre, su fotografía y la invitación tácita al linchamiento digital. Y verá, sobre todo, que cuando esa maestra busca respaldo institucional, encuentra una autoridad que prefiere el cálculo político al deber elemental: ceder ante quien grita más fuerte sale más barato que defender a quien enseña.

Ese es el verdadero rostro del Día del Maestro. No el del reconocimiento: el de la soledad institucional. El magisterio mexicano enseña con una sospecha de origen colgada del cuello —presunto culpable hasta demostrar lo contrario, sin presunción de inocencia, sin debido proceso, sin más defensa que la que pueda improvisar entre clase y clase—. La autoridad pedagógica, que durante generaciones fue el piso sobre el que se construía la enseñanza, ha sido demolida. Y ha sido demolida no por las familias —que llegan, muchas, desbordadas y desinformadas, no malintencionadas—, sino por una autoridad educativa que ha dejado de respaldar al magisterio porque respaldarlo cuesta. Cuesta enfrentar a un padre o una madre furiosa. Cuesta sostener una decisión técnica frente a una queja viral. Cuesta, sobre todo, asumir que la escuela no es un servicio al cliente sino una institución republicana, y que sus docentes no son empleados de atención al usuario sino servidores de algo más grande.

Lo material agrava lo moral. Un magisterio mal pagado es un magisterio que el Estado puede tratar mal sin consecuencias políticas. Por eso los salarios no suben con la urgencia que deberían; por eso las plazas se entregan con la lentitud que conviene; por eso las plataformas administrativas multiplican los formatos hasta convertir la enseñanza en la actividad residual del oficio. Hay maestras y maestros que dedican más horas a documentar que enseñaron, que a enseñar. Y hay un lenguaje oficial que, al hablar del magisterio, lo describe como si su tarea fuera contener al alumnado durante una jornada, como si la formación de una generación fuera la guarda temporal de un objeto ajeno. Esa mirada delata el lugar que el sistema reserva, en realidad, a quien enseña: no el de una profesional a la que se respeta, sino el de una empleada a la que se administra.

Sin embargo, la docencia resiste. Resiste porque sigue siendo uno de los pocos actos públicos que descansa enteramente en la confianza. La maestra, el maestro, recibe a una niña, a un adolescente, a un joven, y devuelve algo que no se mide en horas ni en estadísticas: la posibilidad de que ese ser humano se reconozca en el mundo y participe de él. Es un gesto civilizatorio antes que profesional. Es un pacto antiguo: las familias y la república confían lo más valioso que tienen, y alguien se compromete a formarlo. Donde ese pacto se rompe —donde la confianza cede a la vigilancia, la escucha a la queja, el respaldo a la sospecha— ya no hay escuela. Hay vigilancia con pizarrón.

Propongo algo distinto. Que el reconocimiento al magisterio deje de habitar en un día y empiece a habitar en una práctica diaria, costosa y verificable. A la autoridad educativa: que respalde a quien enseña cuando es injustamente acusada o acusado, aunque políticamente convenga lo contrario; que pague lo que el oficio merece, no lo que el presupuesto tolera; que desmonte la simulación administrativa que confunde la enseñanza con su fotografía. A las familias: que recuerden que enviar a una hija o un hijo al aula es un acto de confianza, no la apertura de un expediente; y que toda queja, antes de volverse viral, merece la conversación cara a cara que casi nadie sostiene. A la sociedad: que distinga entre quien falla —que existe, como en todo oficio— y el magisterio que sostiene, día con día, lo poco o lo mucho que aún funciona del país. Sin esa distinción, perderemos a los buenos antes de saber que los teníamos.

Volvamos a la maestra, al maestro, de los dieciséis mil pesos. Hoy no llegará al aula: es su día. Mañana sábado tampoco. Pero el lunes, sí. Acomodará las sillas, escribirá la fecha, repasará mentalmente lo que dirá. No habrá flores ni discursos: habrá un gesto silencioso, repetido, civilizatorio, que el país no sabe ver. Si algo merece ser conmemorado, no es el día que sobra: son los días que, sin que nadie los nombre, sostienen el país. Y mientras sigamos celebrando uno para no atender los otros, el Día del Maestro será exactamente lo que hoy es: el día en que la república finge, durante veinticuatro horas, que recuerda a quienes la sostienen.

Luis David Sandin Torres Abogado por la Facultad de Derecho de la BNA y Maestro en Ciencias Jurídicas por la UABC. Cuenta con estudios de Doctorado en Derecho Electoral y Filosofía Política por el Instituto Iberoamericano de Derecho Electoral. Ha realizado estancias de investigación bajo la dirección del Dr. Diego Valadés. En el ámbito profesional, se ha desempeñado como asesor en la Cámara de Diputados y es consultor independiente en políticas públicas y docente universitario.

Esta columna no refleja la opinión de Plural.Mx, sino que corresponde al punto de vista y libre expresión del autor

Deja un comentario