15 de mayo de 2026
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Punto Crítico – Una sonrisa, una mano, quince segundos

Ismael Burgueño llegó puntual, como suele. Con escolta, claro, pero sin la comitiva de altos funcionarios que tantas veces convierte estos actos en coreografía.
Luis David Sandin Torres

Hay manos que se extienden por reflejo, manos que se extienden por costumbre y, de vez en cuando, una mano que se extiende porque su dueño todavía cree que vale la pena hacerlo, incluso a las nueve de la noche, en mitad del frío, después de una jornada larga. De esas, vi una la semana pasada.

Iba yo, lo confieso, con el escepticismo a cuestas que dan los años de mirar política de cerca. La entrega de un sendero seguro no es el género donde uno espera aprender nada nuevo: hay un protocolo, hay fotos, hay discursos breves y, casi siempre, hay prisa. Esa noche no había prisa.

Ismael Burgueño llegó puntual, como suele. Con escolta, claro, pero sin la comitiva de altos funcionarios que tantas veces convierte estos actos en coreografía. Llegó cansado, —la jornada se le notaba en los hombros— a un lugar donde lo esperaban personas con altas funciones. Entre ellas, una cuya presencia afectuosa y protectora habrá de acompañarlo, intuyo, mucho más allá del mandato. Hay vínculos que no se nombran en los organigramas, pero que sostienen, en silencio, las decisiones de quien manda.

Pese al frío, pese al cansancio, pese a la hora, escuchó. Escuchó a quienes le repetían peticiones que él, desde el inicio, ya había encauzado. Escuchó una y otra y otra vez. Miré sus manos mientras lo hacía: quietas, abiertas, dispuestas. Las manos de las personas apuradas se cierran. Las suyas no.

Entonces me presentaron. “Mi compañero”, le dijeron. Volteó, sonrió y me extendió la mano. Le hice llegar los saludos de una persona especial para mí. —y en buena medida, una persona especial también para él- De esas que, como se dice, cierran la cuña. Le pregunté si había leído las columnas que le hice llegar. Me dijo que sí, agradeció. Hablamos quince segundos, a lo sumo.

He pensado mucho, en estos días, en lo que vi esa noche y he llegado a algo que no sé si sé decir bien, pero que voy a intentar. Atender a quien viene a pedir es lo natural en la política: ahí está la cámara, ahí está la deuda, ahí está el oficio. Lo más difícil, lo que casi nadie hace, es detenerse ante quien no viene a pedir nada. Ante quien solo está ahí, mirando, juzgando en silencio, formándose una opinión que no le va a cobrar a uno con un voto al día siguiente. A esa persona no se le debe nada y sin embargo, fue conmigo —que era esa persona— con quien aquel alcalde cansado se detuvo quince segundos.

No quiero hacer con esto una teoría. Pero algo pasa cuando uno recibe atención sin haberla pedido. Uno entiende, de pronto, que el otro no estaba calculando. Que estaba, sencillamente, presente y la presencia, en política, es la cosa más rara del mundo.

El resto de la obra acompaña esa misma manera de estar. La instalación reciente del Consejo Consultivo Ciudadano para el Desarrollo Urbano, ese gesto de abrirle la mesa a la academia y a la sociedad civil. El trabajo sostenido en seguridad, que ha movido la percepción ciudadana en una frontera que nunca da tregua. Las decisiones cotidianas, las que no se festejan, las que solo entiende quien las firma. Es trabajo. Y el trabajo, en el servicio público, es la forma más alta de respeto a quienes confiaron el mandato. Por eso, a quienes hemos visto de cerca esa manera de estar, no nos cuesta desearle el mejor de los vientos en los caminos que vengan.

Tijuana es una ciudad difícil. Lo ha sido siempre, porque las ciudades de frontera cargan con tensiones que no caben en un trienio. Por eso importa que quien la gobierna entienda que el cargo se sostiene, se habita y se lleva en las manos. En las manos abiertas que escuchan. Pero, sobre todo, en las manos que se quedan abiertas cuando ya no hay nadie pidiendo nada.

Salí de aquella noche con el escepticismo desarmado y con una imagen que no he olvidado: la de un hombre cansado, sonriendo, ofreciendo la mano sin razón para ofrecerla. Las imágenes así, cuando son verdaderas, conviene escribirlas.

Para que no se olviden.

Luis David Sandin Torres Abogado por la Facultad de Derecho de la BNA y Maestro en Ciencias Jurídicas por la UABC. Cuenta con estudios de Doctorado en Derecho Electoral y Filosofía Política por el Instituto Iberoamericano de Derecho Electoral. Ha realizado estancias de investigación bajo la dirección del Dr. Diego Valadés. En el ámbito profesional, se ha desempeñado como asesor en la Cámara de Diputados y es consultor independiente en políticas públicas y docente universitario.

Esta columna no refleja la opinión de Plural.Mx, sino que corresponde al punto de vista y libre expresión del autor

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