Punto Crítico – La norma que dejó de significar
Punto Crítico – La norma que dejó de significar

Hay fracturas que no irrumpen, se deslizan. No hacen ruido, pero alteran la forma en que convivimos: la dificultad para aceptar un límite, la tentación de discutir cada decisión, la expectativa —cada vez más extendida— de que toda regla admita excepción. No es un gesto aislado ni un exceso de época; es un cambio de clima. La norma ya no opera como referencia compartida, sino como punto de partida para la negociación. Y cuando eso ocurre, el problema deja de ser conductual y empieza a ser político.
La norma no se agota cuando deja de cumplirse; se agota cuando deja de creerse. Ahí está el desgaste real. Su arquitectura permanece, pero su legitimidad emocional se adelgaza hasta volverse insuficiente. Antes bastaba su enunciado; hoy exige explicación. Antes ordenaba; ahora persuade. Y en ese tránsito, la autoridad eleva el tono no por vocación, sino por necesidad. Porque cuando la norma necesita afirmarse con énfasis, en el fondo ya perdió una parte de su fuerza.
No lo digo desde la nostalgia de un orden rígido, lo digo desde una advertencia estratégica. En espacios como la escuela —donde la autoridad convive con la cercanía— la norma ha dejado de organizar para empezar a discutirse. Padres que no piden excepciones, sino reinterpretaciones; autoridades que dudan antes de aplicar lo que formalmente les corresponde. Se ha instalado una pedagogía equívoca: la de creer que explicar es lo mismo que ceder. Y no lo es. Explicar legitima; ceder desdibuja.
Esa misma pedagogía equívoca que vemos en las aulas se reproduce, amplificada, en la calle y en la vida pública. Un ejemplo que ilustra la idea central de hoy es cuando el alcalde de Tijuana, Ismael Burgueño, hizo un llamado a respetar a la autoridad en el contexto de un operativo policial reciente —donde directivos de la Cámara Nacional de Comercio intervinieron y grabaron al agente—. No amplió el poder: recordó su contorno mínimo. La reacción, sin embargo, fue de recelo. Incluso reconociendo la desconfianza histórica hacia ciertos elementos policiales —y con razón—, la presión inmediata contra quien enuncia la vigencia de la norma desplaza el foco. Ya no se discute la conducta, sino la incomodidad de corregirla. Y ese desplazamiento no es inocuo.
Ahí aparece una tensión menos visible, pero decisiva. La autoridad no puede sostenerse solo en su investidura, pero tampoco puede depender de la aprobación inmediata de cada decisión. Su validez se juega en algo más exigente: que el ejercicio del poder se mantenga dentro de la norma, incluso cuando resulta impopular. Si cada intervención queda sujeta a la aceptación del momento, lo que se erosiona no es una sanción concreta, sino la idea misma de igualdad ante la ley. Porque donde cada quien pretende una regla a la medida, lo común se vuelve excepcional.
Se ha vuelto habitual exigir firmeza en abstracto y resistirla en concreto. Queremos una norma exigente cuando nos protege y flexible cuando nos alcanza. Esa asimetría no es solo moral; es funcional. Coloca a la autoridad en una tensión permanente: actuar e incomodar, o ceder y diluirse. No hay equilibrio estable ahí, solo administración del conflicto. Y gobernar no debería reducirse a eso.
El efecto acumulado es sutil, pero persistente. La norma deja de ser marco y se convierte en telón de fondo. Se invoca, se cita, se interpreta. Pero se sostiene cada vez menos. Surgen excepciones razonables, luego necesarias, después habituales. Y en esa cadena, la autoridad aprende a evitar el punto de fricción, a modular su intervención para no detonar el desacuerdo inmediato. No desaparece; se vuelve cautelosa. Demasiado.
Queda, entonces, una pregunta que incomoda porque no admite evasivas elegantes. Si la norma solo obliga cuando coincide con la voluntad de quien debe cumplirla, ¿qué la sostiene cuando deja de coincidir? Tal vez el problema no sea de redacción ni de diseño institucional, sino de disposición cívica. Sin esa disposición, cualquier norma —por bien construida que esté— termina convertida en una negociación permanente. Y un orden que se negocia a cada paso deja de ser orden. Empieza a parecer otra cosa. Tarde y mal.
Luis David Sandin Torres Abogado por la Facultad de Derecho de la BNA y Maestro en Ciencias Jurídicas por la UABC. Cuenta con estudios de Doctorado en Derecho Electoral y Filosofía Política por el Instituto Iberoamericano de Derecho Electoral. Ha realizado estancias de investigación bajo la dirección del Dr. Diego Valadés. En el ámbito profesional, se ha desempeñado como asesor en la Cámara de Diputados y es consultor independiente en políticas públicas y docente universitario.
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