18 de abril de 2026
WhatsApp Image 2026-03-21 at 9.51.23 AM

Punto Crítico – Cuando el alcalde es el único que responde

Ismael Burgueño mostró esta semana lo que pocos alcaldes logran: presencia sin espectáculo. Pero también dejó a la vista algo más incómodo: un equipo que aún no camina solo.

Luis David Sandin Torres

La semana empezó como empiezan casi todas las ceremonias públicas en México: con libreto, con símbolos que ya se repiten solos, con esa solemnidad que a veces pesa más de lo que dice. La conmemoración de la expropiación petrolera en Tijuana no prometía nada distinto. Sin embargo, ocurrió algo que no suele anunciarse, pero se percibe. Ismael Burgueño apareció sin sobreactuar la solemnidad, como si entendiera que el poder no necesita amplificación cuando logra situarse con naturalidad en el espacio público.

Desde su llegada se percibía una combinación poco común: la estructura de un político formado en códigos tradicionales y, al mismo tiempo, la soltura de quien no parece atrapado en ellos. Había método, pero no rigidez. Cercanía, pero sin cálculo evidente. Esa mezcla —difícil de sostener— se completaba con un rasgo menos visible, pero más decisivo: una humildad que no se presume, se nota. Tal vez ahí persiste la huella del docente, no como adorno biográfico, sino como experiencia concreta frente a la realidad, sin maquillaje.

Los días siguientes fueron otra cosa. La ciudad dejó el protocolo y entró en terreno real: inconformidad vecinal, decisiones administrativas mal procesadas, tensiones que no nacen de la nada. Ahí no hay templete que alcance. La disidencia apareció de frente, sin filtros, como suele aparecer cuando las cosas no se hablan a tiempo. Y en ese punto, donde muchos optan por endurecer el gesto o esconderse detrás del cargo, la respuesta fue distinta: contención, escucha, una intervención que no busca aplauso inmediato, pero evita que el conflicto se rompa. No todo desacuerdo necesita choque. Pero tampoco se arregla solo.

Hasta ahí, podría decirse que fue una semana bien sorteada. El problema es lo que empieza a notarse cuando uno mira con más cuidado. Cada asunto relevante, cada punto de tensión, cada momento que exigía conducción terminó en el mismo lugar: la oficina del alcalde. Y entonces la lectura cambia. Porque una cosa es que un Presidente Municipal tenga la capacidad de entrar cuando se le necesita, y otra muy distinta es que siempre tenga que entrar. Ahí ya no estamos hablando de liderazgo, sino de ausencias.

No lo digo desde la oposición, lo digo desde la advertencia estratégica. El municipio no está diseñado para que todo dependa de una sola persona. Para eso hay secretarios, directores, operadores. Para eso hay gente que cobra —y bien— por hacer su trabajo antes de que el problema estalle. Pero lo que dejó ver la semana es otra realidad, más de calle que de escritorio: áreas que no anticipan, decisiones que se toman sin leer el terreno, funcionarios que, cuando el asunto se complica, simplemente no están o están ahí, al lado del alcalde, con las manos entrelazadas, actuando como si los problemas les fueran ajenos, entonces, claro, alguien tiene que salir a dar la cara.

Hay algo que se dice sin rodeos: “si no puedes con el encargo, no lo agarres”. Puede sonar duro, pero es preciso. Porque cuando una secretaría no resuelve, no estamos ante un fallo técnico; estamos ante un problema político. Es dejar que el conflicto crezca hasta que ya no se puede administrar, solo contener. Y contener no es gobernar, es corregir. Corregir lo que otros dejaron pasar. Una y otra vez.

En ese contexto, la templanza deja de ser solo un rasgo de carácter y se vuelve herramienta de contención. Funciona, sí. Evita que las cosas se desborden. Pero también empieza a cargar con un peso que no le corresponde. Porque mientras uno resuelve, otros siguen sin resolver. Y ese desbalance, aunque se administre con oficio, no es sostenible.

La semana, vista completa, deja una impresión que no termina de acomodarse. Por un lado, un alcalde que no necesita hacer ruido para hacerse notar, que entra cuando el momento lo exige y lo hace sin perder el control. Por otro, una estructura que no está a la altura de esa exigencia, que llega tarde o de plano no llega. Y ahí es donde la pregunta se vuelve inevitable: ¿por qué siempre él? ¿Dónde están los que tendrían que haber resuelto antes? ¿Quién está operando realmente el gobierno cuando no hay crisis?

Porque gobernar no es estar en todo, aunque a veces lo parezca. Gobernar es lograr que no todo dependa de uno. Y cuando eso no ocurre, lo que se ve como eficacia empieza a esconder otra cosa: un sistema que se recarga en quien sí responde, mientras los demás se acostumbran a no hacerlo.

¿Hasta cuándo vamos a seguir cargando todo sobre una sola espalda?

Luis David Sandin Torres Abogado por la Facultad de Derecho de la BNA y Maestro en Ciencias Jurídicas por la UABC. Cuenta con estudios de Doctorado en Derecho Electoral y Filosofía Política por el Instituto Iberoamericano de Derecho Electoral. Ha realizado estancias de investigación bajo la dirección del Dr. Diego Valadés. En el ámbito profesional, se ha desempeñado como asesor en la Cámara de Diputados y es consultor independiente en políticas públicas y docente universitario.

Esta columna no refleja la opinión de Plural.Mx, sino que corresponde al punto de vista y libre expresión del autor