2 de octubre de 2026
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Punto Crítico – I rest my case

Con el aula deja también la Secretaría General de su delegación sindical, la otra tribuna desde la que ha defendido a sus compañeros. Una distinción antigua separa la potestad, que confiere el nombramiento, de la autoridad, que nace del saber que los demás reconocen. La primera se otorga con un oficio y con otro se revoca. La segunda la confieren, año con año, muchachas y muchachos que llegaron a su salón a los quince años y salieron de él pensando distinto. La jubilación le retira la firma y el horario. Su autoridad permanece intacta, y seguirá ejerciéndola en cada debate que decida librar.
Luis David Sandin Torres

La autoridad no se jubila

El pizarrón está cubierto de flechas y el grupo aguarda la frase que suele cerrar las lecciones difíciles, esa que resume y reconforta. La profesora deja el plumón sobre el escritorio, pronuncia una fórmula de tribunal: I rest my case. Es lo que dice el abogado cuando ha presentado su última prueba y confía el asunto a quien habrá de juzgarlo. En sus labios adquiere un sentido más severo y más generoso: hizo cuanto le correspondía, y quien aprendió, aprendió. Generaciones de la Preparatoria Federal Lázaro Cárdenas escucharon esa frase de la profesora Catalina Heredia Cardiel, que este día se jubila después de más de cuatro décadas frente a grupo.

Con el aula deja también la Secretaría General de su delegación sindical, la otra tribuna desde la que ha defendido a sus compañeros. Una distinción antigua separa la potestad, que confiere el nombramiento, de la autoridad, que nace del saber que los demás reconocen. La primera se otorga con un oficio y con otro se revoca. La segunda la confieren, año con año, muchachas y muchachos que llegaron a su salón a los quince años y salieron de él pensando distinto. La jubilación le retira la firma y el horario. Su autoridad permanece intacta, y seguirá ejerciéndola en cada debate que decida librar.

Muchos de nosotros aprendimos a medir a las personas por la silla que ocupan. Saludamos con deferencia a quien firma los oficios y olvidamos pronto a la maestra que nos enseñó a pensar contra nuestra propia pereza. De ese hábito nace el gesto de quienes festinarán su retiro en los pasillos con una alegría mezquina y pedestre, persuadidos de que una jubilación equivale a una derrota. Ese festejo revela cuánto incomodó durante años, en las asambleas, una mujer lúcida, imposible de doblegar e implacable contra el argumento endeble. Delata además una pobreza más honda, la de quien nunca ha sabido lo que significa que alguien crea en uno antes que uno mismo.

La escuela tardó setenta y nueve años en tener una directora. La profesora Heredia Cardiel fue la primera mujer en conducirla desde su fundación, en 1946. El cargo le llegó tarde, cuando llevaba décadas ejerciendo una autoridad que ningún oficio le había concedido. Así suelen reconocer nuestras instituciones a las mujeres. Les exigen probar durante una carrera entera lo que a otros se les presume desde el primer día. Esa demora retrata a la estructura, no a ella. Alguna alumna la habrá visto cruzar la puerta de la dirección y habrá comprendido que ese despacho también le pertenecía.

Con ella se puede coincidir o discrepar. Tomó decisiones que dividieron, en la dirección y en la representación sindical, y cargó con el disgusto de quienes las resintieron. Nadie puede escamotearle la claridad con que argumentó cada una. Quien aspira a la unanimidad ha renunciado a decidir, y ella lo dice a su manera: «Yo no me como ese sapo. Yo decido qué sapos comerme». Detrás de esa frase hay una ética de raíz existencial. Para ella, nadie queda absuelto por las circunstancias ni puede ampararse en la orden de otro. Cada elección compromete a quien la hace.

Esa ética viene de una izquierda que aprendió del guerrillero caído en Bolivia una lección sencilla: la conciencia se forma con el ejemplo. La maestra la llevó a la trinchera más ingrata, la del sindicato y el salón de clases, donde se disputan el salario y el trato digno. Al asumir la dirección advirtió que los docentes «no somos sirvientes». La frase encierra una distinción jurídica de primer orden. El servidor público se debe a la función que la ley le asigna y a la comunidad ante la que rinde cuentas. El sirviente obedece a quien grita más fuerte. Su jubilación corona esa lucha con un derecho que costeó, quincena tras quincena, con su propio trabajo.

Ese ejemplo también se ha dado en la explanada. En 2015, una alumna del plantel desapareció al salir de clases, y con los años el caso comenzó a cubrirse de silencio. En 2020, la profesora acompañó a un grupo de exalumnos frente al mural con las fotografías de la joven para exigir que la buscaran, y señaló entonces que las autoridades se habían conformado con hallar a alguien que pagara por el delito mientras del paradero de su alumna nada se sabía. Aquel día no había cargo que defender ni beneficio que obtener. Para la profesora, una alumna nunca deja de ser suya, convicción que ningún expediente de jubilación alcanza a registrar.

Formar personas supone también exponerse a su olvido. A lo largo de estas décadas, ella abrió puertas, respaldó trayectorias e impulsó a quienes creyó capaces. Algunos, una vez sentados, descubrieron que la silla pesaba más que la gratitud. Es una escena frecuente en la vida de cualquier militante de izquierda: el cuadro que crece a la sombra de una convicción y la abandona en cuanto el poder le ofrece un sitio más cómodo. El nombramiento que obtuvieron no incluía lo único que ella podía enseñarles. Lo supo, y siguió enseñando, porque la ingratitud de unos cuantos nunca le pareció razón para negar la lección a los demás.

Entre sus canciones predilectas está Papá cuéntame otra vez, de Ismael Serrano, en la que un hijo pide a su padre que le repita la épica de una generación que tomó las calles, que tuvo los mismos referentes que esta maestra y que vio sus sueños cubrirse de polvo. La canción es un inventario de banderas abandonadas. La profesora Heredia pertenece a la minoría que se inclinó a recogerlas, lejos de cualquier barricada, en el terreno áspero de una escuela pública de frontera. Su lucha tiene la estatura de varias generaciones de tijuanenses que aprendieron con ella a debatir, a leer el mundo en otro idioma y a desconfiar de toda autoridad que no se haya ganado.

A ti, que tuviste una maestra así, que no te permitió una respuesta floja y te obligó a sostener lo que decías, búscala y cuéntale qué hiciste con lo que te dio; la gratitud dicha en persona vale más que cualquier homenaje. Y si hoy estás frente a un grupo, con el salario corto y el ánimo gastado, decide pronto qué sapos no vas a comerte. Vendrán presiones para que calles, para que apruebes a quien no hizo el trabajo, para que confundas servir con obedecer. Cada negativa pequeña, mantenida durante años, construye una autoridad que ningún oficio podrá retirarte.

La profesora Heredia Cardiel deja el aula con la jubilación que se ganó y con la lucidez intacta. Las pruebas de su trabajo están en las asambleas, en la explanada donde exigió que buscaran a una alumna y en generaciones de exalumnos que ejercen, en Tijuana y lejos de aquí, oficios para los que ella les enseñó a pensar. Puede pronunciar su frase con la serenidad de quien presentó una defensa impecable: I rest my case. Cuesta imaginarla lejos del debate, y a quienes aprendimos algo de ella nos queda pedirle, con el título de su canción: maestra, cuéntenos otra vez.

Luis David Sandin Torres Abogado por la Facultad de Derecho de la BNA y Maestro en Ciencias Jurídicas por la UABC. Cuenta con estudios de Doctorado en Derecho Electoral y Filosofía Política por el Instituto Iberoamericano de Derecho Electoral. Ha realizado estancias de investigación bajo la dirección del Dr. Diego Valadés. En el ámbito profesional, se ha desempeñado como asesor en la Cámara de Diputados y es consultor independiente en políticas públicas y docente universitario.

Esta columna no refleja la opinión de Plural.Mx, sino que corresponde al punto de vista y libre expresión del autor

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