Punto Crítico – El estoicismo amputado
Punto Crítico – El estoicismo amputado

Epicteto fue esclavo. Conviene recordarlo cada vez que alguien nos cita el estoicismo como manual de productividad. El hombre que formuló la dicotomía más célebre de aquella escuela —hay cosas que dependen de nosotros y cosas que no— sabía exactamente de qué hablaba cuando se refería a lo segundo. Su fórmula no era una invitación a ignorar el mundo. Era una herramienta para soportarlo con dignidad. Veintiún siglos después, una industria editorial millonaria ha invertido el sentido original: ahora todo depende de uno, y quien fracasa carga con la culpa entera de su fracaso.
Lo que circula hoy bajo el nombre de estoicismo es una versión amputada, despolitizada, vendida en formato de infografía. El fenómeno se reconoce a primera vista. Aparecen por redes esas imágenes de dos figuras estilizadas, una en rojo y otra en verde, que ilustran cinco hábitos contrapuestos: uno gasta todo, el otro ahorra; uno compra pasivos, el otro activos; uno busca comodidad, el otro construye disciplina. El mensaje implícito, y por implícito más eficaz, es que la diferencia entre la pobreza y la riqueza cabe en cinco decisiones individuales.
Dos hombres, mismo salario, resultados distintos, dice el encabezado. Suena razonable. Lo es, en cierto modo. La premisa esconde una ficción descomunal: que el salario, las cargas familiares, la salud, el barrio donde uno nace y la herencia recibida son variables intercambiables, y que lo único decisivo es la voluntad. Quien diseñó la infografía no quiso engañar a nadie. Solo repitió, en lenguaje gráfico, el catecismo de su tiempo. Un catecismo que premia al disciplinado y condena al cansado.
Pensemos en la cajera del supermercado que termina su turno a las diez de la noche y todavía debe atravesar dos transbordes para llegar a casa. Su jornada, contando traslados, ronda las catorce horas. Tiene dos hijos en edad escolar. Cuando paga renta, transporte, luz, gas y la despensa básica, no le queda nada que ahorrar. Pensemos en el maestro que da clases en tres turnos porque su plaza no alcanza para sostener a la familia. Pensemos en el comerciante cuya venta cayó treinta por ciento porque abrieron una cadena en la esquina. La infografía les dice, con sus monitos de palitos, que la culpa es suya.
El discurso funciona porque toca una fibra real. Nadie quiere sentirse víctima. Todos preferimos pensar que tenemos algún margen de maniobra, alguna palanca, algún resorte interior que podamos accionar para mejorar nuestra suerte. La intuición es noble y necesaria. El problema aparece en el salto lógico que se construye sobre ella: del algo depende de mí se pasa, sin escala intermedia, al todo depende de mí. De ahí se desliza la conclusión inevitable: quienes han fracasado son culpables de su fracaso, y quienes han triunfado son virtuosos por su triunfo.
Ningún ser humano se construye en el vacío. Cada uno de nosotros llega a la edad adulta cargando una mochila invisible que contiene la educación de nuestros padres, las redes de afecto que nos sostuvieron en la infancia, la calidad del agua que bebimos, el código postal donde fuimos a la escuela, el idioma que se hablaba en casa, los libros que había o no había en la estantería. La voluntad opera siempre sobre un terreno previo, jamás en el aire. Afirmar que el carácter es destino equivale a sostener que dos corredores parten en igualdad de condiciones aunque uno arranque cien metros adelante.
Conviene detenerse aquí. Los estoicos antiguos eran hombres profundamente cívicos. Marco Aurelio gobernaba un imperio, Séneca aconsejaba a un emperador, Cicerón —que no fue estoico pero los leyó con devoción— murió defendiendo la República. Para todos ellos, la virtud personal era inseparable de la responsabilidad pública. La disciplina interior tenía sentido porque servía a una comunidad, a una polis, a un orden compartido. Ejercitarse uno mismo formaba parte del cuidado del mundo común, no su sustituto.
La versión contemporánea ha extirpado esa dimensión por completo. El estoicismo de los manuales de productividad es un estoicismo sin ciudad, sin prójimo, sin más horizonte que el balance bancario propio. Las diez lecciones que tanto se reproducen hablan de fuerza interior, atención plena, propósito personal, gratificación retrasada. Ninguna menciona la justicia, la solidaridad, la deuda con los que vinieron antes, la responsabilidad con los que vendrán después. Una antropología sin sociedad. Un sujeto sin mundo.
Quizá esa sea la operación más profunda de toda esta corriente: convencernos de que el mundo no nos concierne. Que los salarios injustos son problema del que los acepta. Que la salud pública precaria no nos afecta porque nosotros pagamos seguro privado. Que la educación deficiente es asunto de cada familia. Que el bien común es una ilusión sentimental que estorba al individuo emprendedor. La filosofía nos ofrece, a cambio de nuestra disciplina, la promesa íntima de un destino propio. El precio que cobra es elevado: renunciar a la idea misma de comunidad.
Hay otra forma de leer a Epicteto. La verdadera, la que el esclavo dejó escrita antes de que los manuales le secuestraran el nombre. Aquella que sabe que la dignidad no se construye contra los demás, sino con ellos. Que el dominio de sí mismo cobra sentido cuando sirve a un mundo común, no cuando lo reemplaza. Que la disciplina personal, sin justicia social, es apenas otro modo de soledad. Y que ningún destino se cumple verdaderamente si, al final del camino, uno descubre que ha llegado solo.
Luis David Sandin Torres Abogado por la Facultad de Derecho de la BNA y Maestro en Ciencias Jurídicas por la UABC. Cuenta con estudios de Doctorado en Derecho Electoral y Filosofía Política por el Instituto Iberoamericano de Derecho Electoral. Ha realizado estancias de investigación bajo la dirección del Dr. Diego Valadés. En el ámbito profesional, se ha desempeñado como asesor en la Cámara de Diputados y es consultor independiente en políticas públicas y docente universitario.
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